El nuevo atentado en Jerusalén nos recuerda
que el método del asesinato por atropello no se inventó ni en Niza ni en
Berlín, sino en las calles de Israel. Sin embargo, mientras que los actos
terroristas en Europa provocan una conmoción inmediata y una oleada de
solidaridad razonablemente sincera, con los muertos en Israel siempre hay la
necesidad de matizarlos.
Hagamos una salvedad: desde el punto de vista
periodístico es normal que un atentado en Alemania o Francia cause más
titulares y más grandes que uno en Israel. En primer lugar, porque los últimos
ataques en nuestros vecinos europeos han tenido una magnitud brutal y unas circunstancias
especialmente traumáticas; en segundo, porque Israel es un país que ha sido
azotado con mucha mayor frecuencia por el terrorismo y en el que, por
desgracia, hay una guerra cada cierto tiempo, es decir, que con razón o sin
ella lo asociamos mucho más fácilmente con la violencia.
Sin embargo, hay otro aspecto en el que las
diferencias son iguales o mayores y para el que no existe ninguna
justificación: excepto en los casos más descerebrados de la izquierda
pseudoislamista –por ejemplo, el impresentable Urbán– a nadie se le ocurre
analizar los atentados en Europa en un contexto que los explique tan bien que,
más que explicarlos, los justifique, y esa es una tentación en la que no es que
caigamos si los asesinos han actuado en Tel Aviv, Jerusalén o Haifa, es que nos
revolcamos en ella.
Así, lo que en París, Berlín o incluso
Estambul es un asesino ciego por el odio y el fanatismo se convierte, unos
kilómetros más allá, en un pobre inocente al que le empujan las circunstancias,
la penosa situación económica y, sobre todo, “la ocupación”.
En esta ocasión el ejemplo perfecto de esta
rastrera justificación del crimen lo ha dado El Periódico de Cataluña, con una
tan indescriptible como repugnante columna de Joan Cañete Bayle, coordinador de
la sección de Opinión del rotativo, es decir, no se trata de un colaborador
externo incontrolado.
Las circunstancias
Cañete Bayle defiende con escaso acierto, y
aún menos disimulo, que las terribles circunstancias sociales y económicas son
las culpables de que un pobre palestino, desesperado por la pobreza y por el
muro y los controles que tiene que atravesar cada día, no tenga más remedio que
coger un camión y lanzarse a atropellar inocentes. Pero, ¿cuáles son realmente
esas circunstancias?
Para empezar, en el caso que nos ocupa toda
esta milonga es básicamente mentira: el asesino tenía la nacionalidad israelí y
se movía por todo Israel sin ninguna limitación y sin controles de seguridad de
ningún tipo.
Del mismo modo, la minoría árabe que vive en
Israel no sólo tiene todos los derechos civiles y políticos inherentes a su
ciudadanía, sino que disfruta de una situación económica comparable
–ventajosamente– con la de cualquier país del entorno o del norte de África.
Aún siendo cierto que los árabes israelíes son uno de los colectivos más
desfavorecidos del país –como también lo son los judíos ultraortodoxos, por
ejemplo– siguen teniendo estándares de vida superiores a los de sus hermanos en
Egipto, Jordania y, no digamos, Irak, Libia o Siria.
Es más: incluso en Cisjordania, a través de
una situación política que es extremadamente compleja –y a la que no es ajena
la incompetencia de la propia Autoridad Nacional Palestina que lleva desde 2006
sin convocar elecciones ni generar una verdadera democracia– la economía está
creciendo: el PIB se disparó un 12,5% en 2015 según los datos del Banco Mundial
y eso que éstos incluyen Gaza, un territorio que sí vive un auténtico desastre
gracias a la dictadura teocrática de Hamás.
En cualquier caso, en Israel, Bruselas o el
fondo del África Negra culpar a la pobreza del terrorismo no sólo es un insulto
a los pobres, que lo que quieren no es poner bombas sino salir adelante y poder
mejorar su situación y la de los suyos, sino que también es una mentira
histórica que no se hace verdad por más que se repita compulsivamente.
¿Ejemplos? Ahí tienen al tan terrorista como multimillonario Ben Laden, a los
niños ricos de la Baader Meinhof o, qué casualidad, cómo en España las dos
regiones en las que nacieron organizaciones terroristas más sanguinarias fueran
Cataluña y el País Vasco que no eran entonces, ni son ahora, las más pobres.
Las verdaderas razones de los asesinos
Es cierto que en Israel existe lo que podemos
llamar un problema territorial de muy difícil solución; es cierto que hay dos
comunidades que podrían verse como enfrentadas y con intereses diametralmente
opuestos, pero la violencia terrorista no nace de eso, no después de que se
haya dado repetidas oportunidades al diálogo. No: la violencia nace del
fanatismo y de una ideología totalitaria travestida de religión.
En este caso concreto que nos ocupa el propio
terrorista era simpatizante del Estado Islámico y, por si a alguien le quedan
dudas de sus motivaciones, su propia hermana nos las ha aclarado con una frase
que recoge en su crónica el corresponsal Sal Emergui: “Ha sido enviado por Alá
y ha logrado una muerte dulce y bella”. ¿Dónde están el Muro y la ocupación?
Los españoles que no estamos en el olvido
voluntario de nuestra propia historia aún recordamos cuando los atentados de
ETA no eran asesinatos sino “una expresión del conflicto”, cuando la vida de un
policía, un guardia civil o un concejal del PP o del PSOE tenían muy poco valor
para algunos.
Ahora, viendo que si ocurren en Israel no son
atentados sino “atropellos”, leyendo que los terroristas son como mucho
“agresores”, descubriendo que existen los camiones asesinos y encontrándome
estas puestas en contexto tan alambicadas, me pregunto cuánto vale un muerto
israelí. Y la respuesta es que, como les pasaba a los policías, los guardias
civiles y los concejales en el País Vasco, para algunos vale muy poco. Desde
luego mucho menos que un muerto en París, Niza o Berlín.
Carmelo Jordá es redactor jefe de Libertad
Digital.
¿Cuánto vale un muerto israelí?
10/Ene/2017
Libertad Digital, por: Carmelo Jorda